Por Rebeca Feria
“Ante las atrocidades tenemos que tomar partido. El silencio estimula al verdugo”.
Elie Wiesel

El pasado fin de semana, fue de gran relevancia para mí y quisiera compartirte algunas de las cosas que viví y desde mi mirada, qué significó cada una.
Empecemos con el Primer Congreso Feminista por el Museo de la Mujer. Aquí hago un paréntesis para recordar que el primero de este tipo, se llevó a cabo en 1916 en Yucatán; algunas contribuciones relevantes al Código Civil fueron el permitir el divorcio absoluto, abrir espacio a las mujeres en la administración pública y en la educación normal, con ello propiciar la educación superior.
Fue una experiencia nueva para mí, aprender sobre el feminismo a lo largo de la historia, escuchar a mujeres de diferentes edades y profesiones, hablar de los obstáculos a los cuales se enfrentaron por ser mujeres me hizo pensar en la lucha que parece no terminar para nuestro género. Si bien, se han escalado algunos peldaños, como por ejemplo, el tener acceso a la universidad, sigue siendo una batalla conquistar un lugar dentro del mercado laboral en el que para muchas profesiones sigue siendo un mundo de hombres.
A pesar de las diferencias de edades y profesiones que menciono, fue claro el mismo sentir de buscar empoderamiento para la mujer y sobre todo hacerse escuchar, dar a conocer las valiosas aportaciones que hemos realizado como genero en el arte, la ciencia, la literatura, arquitectura y cualquier otra profesión que ha marcado el crecimiento de la sociedad.
Después de este congreso, damos paso al 8 de marzo. El Día Internacional de la Mujer, conmemorado en todo (o gran parte) del mundo.
Fue un día épico, donde sin temor a equivocarme puedo afirmar que marcamos un hito en la historia. Pienso que la fuerza y energía que se vibró en la marcha, no fue algo casual o de ese momento, creo que se estuvo construyendo días, semanas e incluso meses antes. Esta marcha fue el momento donde se mostró a los espectadores virtuales y presentes, la fuerza del género femenino.
Mucho se habló de la marcha. Por un lado, estuvieron los que apoyaron el sentir y la fuerza de cada consigna sin importar el género, religión, partido político o estrato social; por el otro, estuvieron los que sin haber asistido o tener alguna idea de historia del feminismo, en papel de jueces impartieron su opinión tratando de desvirtuar el significado de tan grande movilización.
Aquí me detengo brevemente, solo para recordar que existen grupos que en busca de desestimar esta movilización por los motivos que sean, solo viralizan o intentan dar fuerza a eventos apartados del objetivo real de la marcha. Estos, son los menos importantes y en quienes no me enfocaré en esta entrada.
Recibí mensajes de amigas y conocidas queriendo ir a la marcha, para muchas de ellas, era la primera vez que asistían. Algunas, de la edad de mi mamá o más grandes, me hicieron pensar en todo lo que ellas callaron, lo que vivieron y soportaron porque así era, porque así les tocó vivir.
No sabía que iba a suceder, en realidad no sabía a qué me iba a enfrentar. Con tantos mensajes de odio hacia el movimiento feminista, y en si hacia las mujeres, tal vez corría riesgo, tal vez no regresaría. Pero de algo estaba segura, necesitaba salir a caminar y gritar por las que ya no están. Gritar todo lo que guardé por años mientras era abusada, gritar en nombre de mi abuela que nunca pudo hacerlo, gritar por mi madre y tías que han sufrido y soportado abusos porque no les quedó de otra.
Llegó la hora y comencé a alistarme. Por supuesto, ya tenía pensada mi vestimenta. En momentos importantes siempre busco portar símbolos que me recuerden ese día, cada color, cada sentir, cada aroma y cada sonido (un poco de mi lado cursi). Esta vez, les tocó a mis calcetines con la icónica imagen de Rosie the Riveter con la leyenda “We Can Do It!”, también fue momento de estrenar mi playera con la pintura de “La Libertad guiando al pueblo” del artista Eugène Delacroix. No pudo faltar un listón morado y uno verde, por que sí, estoy a favor de la legalización del aborto (ya hablaremos de esto en otra entrada). Para finalizar, siguiendo las indicaciones, anoté en mi brazo mi nombre completo y los datos del contacto al que podían buscar en caso de que me pasara algo, y aquí, tuve que hacer una pausa por unos minutos.

Era mi obligación hacerlo, pero también una necesidad.
Llegar al punto de reunión fue fácil. Ya se sentía la unidad y compañerismo en el transporte publico, en las calles podías ubicar quienes iban a la marcha por las pancartas o la playera morada. Comenzamos, entre tanta gente fue imposible localizar a algunas, pero no importaba porque todas éramos hermanas, nos cuidaríamos unas de otras sin importar su historia.
Leer pancartas, escuchar algunas historias, recordar amigas y conocidas que me han compartido su vida, recordar mi vida hace pocos años, reafirmó que ese era mi lugar.
Muchos seguirán criticando las formas, cuestionando el “vandalismo”, seguirán reclamando por los monumentos, proclamándose a favor de las mujeres pero haciendo comentarios misóginos; pocos serán quienes lean y comprendan lo que vivimos las mujeres, pocos buscarán cambiar sus micromachismos, pocos se re-educarán y pocos alzaran la voz a favor nuestro. A ustedes, pocos, GRACIAS.
Después de la adrenalina y bombas de información, llegó el 9 de marzo. Nos detuvimos, guardamos silencio, desaparecimos.
Debo confesar que fue todo un reto para mi. Desconectarme del celular y todo lo que conlleva, fue muy difícil las primeras horas. Pero, fue un gran ejercicio para reflexionar todo lo vivido ese fin de semana y pensar qué pasaría en la vida de mi seres queridos si yo desapareciera. Pensar en mi vida sin alguna de las mujeres que amo, ya sea familiar o amigas, pensar cómo sería mi día de trabajo si alguna colaboradora desapareciera. Cuántas preguntas, cuánto dolor, cuánto enojo, cuánta impotencia, cuánta sed de justicia. Todo esto lo viven familias diario, según datos duros, 10 familias mexicanas cada día.
Recibí mensajes de amigos y familia, mi respuesta para algunos “Estoy en paro” para otros no hubo tal. No estoy segura si entendieron por completo el objetivo del paro, ya que en su poca o nula expresividad, algunos me comentaron que la ciudad estuvo sin tráfico, relax, sin ruido, o como un chofer de Uber que me dijo “pues, normal eh! Ni crea que se notó el paro”… la economía por su lado, si dio a notar nuestra ausencia. Aquí les dejo un artículo sobre cuánto costó #UnDíaSinNosotras
Otro día para recordar, para reflexionar y para escuchar a todo volumen el hartazgo ante la violencia contra nosotras, ante la indiferencia de la sociedad y sobre todo del Estado que tiene la obligación de brindarnos seguridad y equidad y no ha sido capaz siquiera de pronunciarse a favor de las mujeres.
La lucha sigue y una vez que rompes el silencio y alzas la voz, nadie puede callarte. Tenemos mucho por recorrer, pero esto ha marcado la historia y dudo que se detenga la fuerza con la que empujaremos hasta lograr hacer valer nuestros derechos.
Qué sigue?

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