Lo que la pandemia muestra y agrava de la inequidad hacia las mujeres

Por Raúl Martínez Solares Piña

«La igualdad de género ha de ser una realidad vivida»

Michelle Bachelet, política chilena

La falta de equidad hacia las mujeres, en prácticamente todas las facetas de la vida social económica y política, es cotidianamente visible y documentada, aun cuando en la realidad, pocas son las iniciativas reales, de verdadero impacto y con verdadero sentido transformador, que por lo menos en nuestro país se han llevado a cabo para enfrentar los efectos (incluso aquellos más apremiantes y graves como los asociados con la violencia sistemática), de la falta de condiciones de equidad y justicia y debida atención de estos problemas que afectan a las mujeres, como individuos y como colectivo, pero también a la sociedad en su conjunto.

A las condiciones estructurales y graves existentes, la pandemia de COVID19 que el mundo enfrenta; así como las políticas asociadas (con mayor o menor éxito) a su contención en los distintos países y los efectos derivados de esta especie de “coma inducido” en la actividad económica; se agregan nuevas y particulares condiciones que agravan y profundizan las condiciones existentes de inequidad e injusticia.

Por un lado, se ha señalado la evidencia fehaciente, sin que se hayan tomado acciones siquiera mínimas para enfrentar el fenómeno, que la cuarentena ha creado condiciones que posibilitan un incremento de la violencia sistémica hacia las mujeres por parte de sus parejas. No sólo no ha habido una respuesta, sino que es posible incluso apreciar un afán de minimizar el problema, tal como lo observamos en declaraciones de la propia presidencia del país o de algunos gobernadores; que, en una sociedad como en la que vivimos, pareciera dar justificación a quienes, desde siempre, por ignorancia, mala fe o franca estupidez, has intentado menospreciar el problema. 

Hoy por la pandemia, se crean condiciones extraordinariamente negativas, que probablemente nunca se han visto en la historia moderna del país; particularmente por el nivel extremo de indefensión que alcanzan las mujeres que o ya se encontraban en situación de violencia y hoy ven profundizada dicha condición, o quienes, a propósito del encierro, enfrentan por primera vez condiciones de violencia en el seno de sus hogares.

Al respecto, es importante señalar que, una condición básica de la conducta humana implica que cuando se alcanzan nuevos niveles en una conducta determinada, aun cuando se eliminen las condiciones que permitieron alcanzar ese nuevo estado, el nuevo nivel se sostiene. Una persona que por alguna condición excepcional aumenta temporalmente (pero por varias semanas) su consumo de alimento, tabaco o alcohol, cuando desaparece la condición de excepción mantiene el nuevo nivel de consumo. Lo mismo ocurre con conductas patológicas como la violencia física o emocional hacia la pareja.

Lo anterior implicaría que la gravedad de la violencia que hoy se detone en esta condición de encierro, no terminará cuando las familias puedan regresar hacia su vida (relativamente) normal previa a la pandemia; sabiendo además que esa condición de “normalidad” previa no regresará por lo menos en los siguientes meses.

Un segundo aspecto que afecta específicamente con mayor gravedad a las mujeres, asociado al enfrentamiento mundial de la pandemia por parte de los servicios de salud, es el hecho de que, a nivel mundial, el 70% del personal de salud o servicios sociales está constituido por mujeres. En México, ese porcentaje alcanza el 79% del personal de enfermería y el 40% del personal médico.

Ello implica, que las mujeres hoy desempeñan un papel preponderante en esa línea de defensa y de atención a la población más gravemente afectada por la enfermedad. Lo cual, a su vez, la convierte en una población, con un mayor y muy elevado nivel de exposición al posible contagio (como lo muestran los fallecimientos de personal de salud en todo el mundo) y, dada la mayor carga viral a la que se expone una persona que atiende durante largos períodos a personas enfermas, la probabilidad de que en caso de contagio enfrente una condición de más gravedad, es sensiblemente mayor y, consecuentemente, la tasa de mortalidad también es más elevada.

Por lo anterior, en muchos casos, las familias de muchas las mujeres que fallezcan mientras prestan servicios de atención a la salud de enfermos en esta epidemia, enfrentarán una condición no sólo de perdida emocional, sino de afectación financiera por la pérdida de los ingresos que dichas mujeres generan, en muchos casos, como jefas de hogar.

Adicionalmente, en México las mujeres aportan el 76% de la distribución del trabajo no remunerado doméstico y de cuidados, de acuerdo con una encuesta realizada por el Inegi el año pasado; representando el 75% del valor económico implícito en dicho trabajo.

Aun cuando las mujeres trabajan fuera de su hogar, es muy frecuente que en el interior de sus casas sean ellas mayoritariamente responsables de las labores de atención al hogar. Y en la condición de encierro actual, las mujeres están teniendo entonces en muchos casos que enfrentar una triple carga de trabajo: continúan realizando a distancia las labores propias de sus empleos remunerados, tienen que atender hoy el trabajo adicional relacionado con la educación a distancia de sus hijos y, adicionalmente, atienden los temas de trabajo no remunerado en el hogar que, en el encierro, se han incrementado sensiblemente.

Finalmente, en la condición actual de cuarentena, muchas familias que ocupan el trabajo de personas que de forma remunerada realizan labores en los hogares, han adoptado como mecanismo para evitar un contagio, no utilizar dicho personal de servicio. En algunos contados casos, las familias han optado por continuar pagando las remuneraciones, en general menores, al personal que las asistía en esas labores domésticas.

Sin embargo, para muchas mujeres que se dedican a esa actividad la emergencia sanitaria ha implicado que pierdan total o mayoritariamente su única fuente de ingreso, provocando una condición de extrema precariedad financiera para ellas y sus familias.

La pandemia ha venido a exacerbar y a revelar – incluso para quienes siguen optando por la ceguera selectiva – la profunda inequidad y afectación que en todos los ámbitos sufren las mujeres en nuestro país.

Si algo debe generar esta contingencia sanitaria, es provocar la urgente reflexión de una acción inmediata y decidida, con una exigencia sistemática hacia las instituciones públicas y privadas, para empezar a atender de verdad los temas más lacerantes y urgentes y avanzar ya, en la resolución de estos temas que son moral, económicamente y en términos de justicia, intolerables.

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