Nunca más volverán a tener la comodidad de nuestro silencio

Por Monse

Desafortunadamente, soy una mujer más contando su historia de abuso. 

Me atrevo a compartir en estas líneas mi historia porque al hacerlo siento que sano, protejo y prevengo. También me hará más libre el hablar con la verdad, ponerlo en las palabras, sana, dejar que sea un secreto, sana, porque los secretos solo hacen más daño, se arrastran y pesan.

Lo hago para y por todas las mujeres que aún no se atreven a hablar y que quizás nunca lo hagan, y está bien.  Quizás, tristemente, alguien se identifique con mi historia y le dé luz o acompañamiento en su proceso. Y creo firmemente en que cuando nos atrevemos a hablar de nuestras historias, podemos evitar que más mujeres sean víctimas de nuestros abusadores.

Escribo estas líneas con una dosis de ansiedad de ser juzgada por lo que permití y por exponerme, no es fácil hablar de esto, pero como lo dije antes, la verdad me hará más libre. 

Creía tener una buena relación con el esposo de mi hermana. Podría decir que lo consideraba mi amigo, y claramente le abrí la puerta de mi confianza, toda mi familia lo hizo. 

Un día fue por mí a la prepa, mis padres le pidieron de favor que fuera por mí ya que ellos no podían. Yo era menor de edad no recuerdo si tenía 16 o 17, él es 7 años más grande que yo. Veníamos platicando y le pregunté sobre cómo seguía de un problema que tenía en su testículo. Nunca creí que mi pregunta llevara a que sucediera lo siguiente: me dijo que todo iba mejor y que si quería sentir la bola que tenía, no sé porque dije que sí. ¡¡Hasta el día de hoy no sé por qué dije que sí!! Quizás nunca logré encontrar la respuesta. Lo que sí sé ahora es que fue abuso de confianza, lo que para mí era algo inocente, ingenuo, se tornó en abuso. ¿Cómo es que puede pasar? ¿Cómo de él, si es esposo de mi hermana y tienen un hijo juntos? ¿Cómo de él, si nos llevamos bien y somos cuñados? ¿Qué hice para provocarlo? ¿Qué dije para que creyera que quería tocarlo? Tantas preguntas que surgieron y que no encontraba respuesta. Claro que hubiera sido mejor no quedarme callada, pero no supe cómo reaccionar ni qué hacer. Creí que si lo decía me dirían «pero tu accediste», «tu dijiste que sí». Y que pues, claramente la culpa era mía. 

Solo me atreví a contárselo a un amigo de la prepa.

Y ojalá todo hubiera quedado ahí.

Seguí relacionándome con él como si nada hubiera pasado. 

Pasaron algunos años, hasta que un día mi hermana me pidió de favor que cuidará a sus hijos porque ella y su esposo iban a salir en la noche y llegarían en la madrugada, así que me quedaría a dormir en su casa. Le dije que sí. No era la primera vez que me lo pedía, y era algo normal para mí cuidarlos y quedarme en su casa. Me quedé dormida en el cuarto de mis sobrinos. Yo con mi sobrina en su cama, y mi sobrino en la suya.

Ya entrada la madrugada, escuché que llegaron. Creo que mi hermana entró a la recámara a vernos, y me parece que dijo: ya llegamos. Contesté algo como: ajá, y volví a tratar de dormir.  No recuerdo con precisión todo.

Minutos más tarde, escuché que alguien volvió a entrar a la recámara, pero esta vez no era mi hermana, era su esposo y estaba borracho. Se acercó a la cama en donde estaba dormida con su hija, no recuerdo si traía solo su ropa interior o si traía pantalón, el punto es que comenzó a tocarse y creo que me llamó, invitándome a que lo tocara. No supe qué hacer, me congelé, traté de hacerme la dormida, no quería voltear ni abrir los ojos. Quería gritar y el grito no salía. Se me ahogó la voz. Ya no recuerdo si le dije algo o si él se fue porque no le hice caso. 

¡Qué asco! No pude volver a dormir. Moría de miedo que pudiera volver a entrar, tenía asco, mucho asco. Muchos pensamientos pasaban por mi cabeza, ¿por qué lo hizo? Está en su casa, estoy cuidando a sus hijos, se metió al cuarto de sus hijos a hacer eso, ¿por qué? ¿Otra vez di alguna señal que se malinterpretó? ¿Qué hice mal? Pensé que era mi culpa otra vez, y más aún por no haber podido gritar, por no moverme, por no decir algo.

A la mañana siguiente, no recuerdo con detalle, pero seguro ya no me quede mucho tiempo en casa de mi hermana. Lo único que quería era salir de ahí y no regresar.

Me mandó mensajes al día siguiente o varios días después, no recuerdo con exactitud. Me decía que él pensó que podría pasar como la otra vez en el auto y que aparte estaba borracho. No sé si le respondí. Si lo hice, no recuerdo que le dije. 

Me volví a sentir culpable y responsable. 

Esta vez decidí que ya no quería tener ningún tipo de relación con él. Me distancié, pero al final había algo de convivencia porque yo no dije nada y porque nadie tenía idea de lo sucedido. Me quedé callada. Sentía que era mi culpa, mi responsabilidad, que seguramente yo había hecho algo para que eso me sucediera. 

Pasaron los años, otra vez. 

Me atreví a contarle a mis papás sobre mi segunda experiencia cuando golpeó a mi hermana, su esposa. Solo conté sobre la segunda, porque siempre creí que la primera era mi culpa y responsabilidad porque dije que sí. 

El caso es que me atreví a contarlo, en el fondo creí y deseaba que algo cambiara, que por fin mi familia podría saber sobre lo que viví, y se darían cuenta del tipo de persona que era, que me defenderían y que ya no formaría parte de la familia. Y si, cambió y se movió, pero en torno a mi hermana porque la había golpeado y estaban ocupados resolviendo lo que le hizo a ella.

Pasaron los años, otra vez. Ahora con mucha más distancia de mi parte, y mi familia también optó por marcar distancia, pero pasados algunos años, otra vez era aceptado en la familia. Yo veía que todos en mi familia podían convivir con él, porque mi hermana decidió seguir con él, yo no podía ni deseaba estar en el mismo lugar que él, y para no perderme la convivencia con mi familia, decidí asistir a varias reuniones en dónde él estaba.

Siempre me sentía muy incómoda. Y trataba de hacer como los demás, que convivían sin tema y seguir con la vida. Pero no podía. No podía porque los demás no habían vivido lo que yo viví. No podía porque era mi agresor. No podía ni quería porque me daba asco. Pero quería pertenecer. Así que pasaba por encima de mí y de lo que sentía. 

Durante todos estos años creí que yo era la rencorosa por no poder seguir la vida y convivir con él. Deseaba con todo mi corazón poder hacer como si no pasara nada. 

Hoy entiendo que claramente nunca podría llegar a tener esa postura porque fui víctima de abuso y mi agresor seguía entre mi familia. 

Me atreví a trabajar por primera vez este tema en terapia en marzo 2021. Tuvieron que pasar aproximadamente 14 años desde el primer evento para atreverme a hablarlo, a mencionarlo con todas las palabras y detalles. Llorar por lo sucedido. Permitirme sentir enojo, ira, asco, rabia, y no minimizar mis emociones ni los eventos. Darme cuenta de que no fue mi culpa y que no es mi responsabilidad. Que si fue abuso sexual y que éste no solo es cuando hay penetración sin consentimiento. Yo creía que no había sido abuso sexual. Ni siquiera sabía cómo llamarlo.

Hoy sigo sanando. Sigo acomodando todo lo que permití que sucediera en torno a estos eventos, a lo largo de 14 años. Si bien, no es lo único que me ha pasado en todos estos años, si considero fue una experiencia que me marcó profundamente, y determinó muchas situaciones en mi vida y entorno a mi familia. 

Si hoy me atrevo a contar esto, y hacerlo público, es porque entendí y no pretendo volver a hacer(me) lo que en el pasado hice: quedarme callada y pasar por encima de mi para no incomodar. Porque yo no hice mal. Porque no lastime a nadie. Y si con esto puedo sanarme, me sano. Si con esto puedo ayudar a alguien a que se atreva a trabajar en terapia o en un espacio seguro, le apoyo y le sostengo. Porque en estos 14 años yo sentí que no había quién me sostuviera y escuchara. Sentía que sería juzgada. 

Me atreví a afrontarlo porque dentro de mí sabía que me estaba carcomiendo, y la gota que derramó el vaso fue verme identificada en el caso de una mujer. Cuando escuché su historia, me vi reflejada en algunas situaciones similares, y lloré, lloré mucho al escucharla, porque su dolor era el mío también. Ella y yo, soportamos convivir con nuestro agresor por no dejar de formar parte de algo. Ya sea un grupo de amigos, de trabajo, de escuela, de familia. Y eso no debe ser. Eso no está bien. No tenemos que soportar nada, mucho menos convivir con quien es tu agresor.

No pretendo ser salvadora de nadie, porque apenas y me puedo rescatar a mí. Pero, así como me identifiqué en el caso de alguien, siento que a alguien podría servirle leer esto. No solo porque seas víctima, sino para prevenir. Seamos espejos, para darnos luz y guía por si alguien no sabe si lo que vivió fue abuso o no, por si te sientes perdida, confundida y/o culpable. No se vale que vivamos así. No debemos permitirnos vivir así.

Y al final de todo esto, es recordarme y compartirte que hay salidas, hay opciones. Que hay esperanza. Que puedes trazar un nuevo camino para ti. No te voy a mentir, no será fácil ni sencillo. Pero cuando transitas el camino encuentras paz, encuentras valentía y fuerza.

Algo curioso que me pasaba era que solía tener sueños en los que quería hablar y no me salía la voz. Ya fuera un diálogo o un grito, en mis sueños nunca podía hablar o gritar. Y no lo había relacionado con lo que me había pasado, de que mi voz se ahogó; hasta varios meses después de empezar mi terapia, recordé esos sueños en los que no podía hablar y gritar. Y me di cuenta de que ya no me pasaba eso en mis sueños. Mi voz ya no estaba ahogada.

También conectas con el perdón, deja de doler con la misma intensidad con la que dolía. Deja de dar asco. Te reconcilias contigo misma porque no eres culpable. Y sabes que no volverás a permitirte pasar por encima de ti por querer encajar.

Tampoco te preocupes por el tiempo que ya pudo haber transcurrido. Lo harás cuando te sientas con las fuerzas de poder afrontarlo. Tu alma te lo dirá. 

Cierro con este fragmento de la canción de Elsa y Elmar “que tal que”.

«Nunca muestran lo que callan,

todos bellos, todo bueno, todo ok. 

Y si muestran lo que callan, 

sería aceptar que no son únicos.

Si te cuento lo que callo,

si te muestro lo que callo,

vas a ver que no estás sola, 

sí me muestras lo que callas, 

voy a ver que no estoy sola.» 

Si yo hablo, alguien me escucha. Si alguien habla, le escucharé. Es crear empatía y acompañamiento entre los que nos sentimos perdidos o solos. Hoy sé que no estoy sola. Hoy no me siento sola. Hago mi tribu, busco hacer mi tribu, y sentirme protegida y proteger. 

Con amor y valentía, Monse.

Deja un comentario