Por Rebeca Feria
“La vulnerabilidad no se mide por la cantidad de cosas que revelas, se mide por la valentía para actuar y exponerte cuando no se puede controlar el resultado”.
— Brené Brown

Nunca imaginé lo complicado de escribir hasta este día, en el que quiero platicarte muchas cosas, pero al mismo tiempo reservar otras que te iré contando con el tiempo.
Primero, quiero que nos imagines en un café, platicando como dos amigas, mientras te hablo sobre aquel 2 de abril del 2017; el día que dije: ¡basta! y me fui; así, sin mirar atrás, sin pensar en los casi once años que llevaba amando una vida, una historia, un futuro… así; sintiendo que huía, aunque en realidad me estaba liberando.
Hace unas semanas, mientras platicaba con alguien sobre mi pasado, pronuncié lo que hoy es el nombre de este blog: Un día dije ¡basta! Estas palabras resonaron en mi alma y me llevaron a recordar cómo fueron los últimos meses (o incluso años), antes de empacar mi ropa y regresar a casa de mis papás; sintiéndome desconcertada por la decisión que estaba tomando, pero al mismo tiempo, tranquila y ligera.
¿Cómo pude hacerlo? ¿Cómo me atreví? ¿Qué sigue? ¿Me estaré equivocando? Estas eran preguntas que daban vueltas una y otra vez en mi cabeza.
Días antes de aquella fecha, él y yo discutimos; fue una discusión habitual de la ni siquiera recuerdo el porqué, lo único que recuerdo es que, como en otras ocasiones, la discusión finalizaba con él gritándome “lárgate de la casa”, al mismo tiempo que recibía de él una mirada de desprecio; tal vez hasta de odio; aunque ya a esas alturas yo regresaba la misma mirada y el mismo sentimiento.
Probablemente estás pensando: “qué exagerada”, “son pleitos normales”, “me han dicho cosas peores” o quizás escuchas lo mismo en cada discusión con tu pareja.
Pero en ese entonces, para mí ese “lárgate de la casa” en particular fue algo similar al disparo que indica el comienzo de la carrera, cuando estás en la línea de salida o, al botón de “Enviar” cuando redactas un mensaje y estás a punto de enviarlo.
Curiosamente, esas palabras oídas tantas veces, en ese momento fueron las que necesitaba para irme del lugar donde mi dignidad, mi amor propio y mi autoestima habían sido destruidas; del lugar que me hacía sentir constantemente en medio de un torbellino que revolvía mi alma hasta el punto en donde dejé de llorar, dejó de doler, dejé de amar y sólo pensaba en desaparecer.
Todo estaba dicho. Tal vez sin darme cuenta mi mente había decidido que, si ocurría de nuevo y en un pleito siguiente escuchaba “lárgate”, no habría reconciliación, no habría flores ni detalles, no habría un mensaje pidiendo perdón que me frenaran. Esta vez, sólo me iría.
Quizás en este punto te preguntas: ¿Dónde y cómo comenzó? ¿Por qué aguantarías tantos años todo el maltrato? ¿Qué tonta (por no decir pendeja) eras por seguir ahí? ¿Por qué no te fuiste antes? o una frase que he escuchado tanto “una relación es de dos, ¿tú que hiciste para que te violentaran?”.
Son tantas interrogantes que yo misma me intente tantas veces responder. Y quiero compartir contigo como las fui respondiendo, para que tú, que me estás leyendo y te identificas porque vives algo similar, no permitas que un solo pensamiento justifique vivir como víctima de violencia.
Por ello, te contaré todo desde el principio.
Todo comenzó durante el primer mes de noviazgo, cuando me prohibió hablar con un amigo que, según él, era un posible pretendiente. ¿Qué pensabas, que todo comenzó con una cachetada? No. La realidad, tú lo sabes, es que de un día para otro no recibí un golpe o un azotón contra la pared, no. La violencia se da en diferentes grados y de diferentes maneras; pero siempre comienza de manera tan sutil que no la distingues y muchas veces está disfrazada de sobreprotección y de amor desmedido. O como en mi caso, todo puede comenzar con un comentario controlador, seguido de otros con los que se burlaba de mi aspecto físico, situación económica o familiar, comentarios con los que yo gradual pero rápidamente me iba sintiendo inferior a él y a cualquier mujer de nuestro entorno, sin cuestionarlo.
¿Hasta dónde llegó? Hasta sembrar en mí pensamientos en los que deseaba mi muerte. Tener un accidente, quedar inconsciente y nunca más despertar; pensamientos que se convirtieron en deseos de que el siguiente golpe fuera tan fuerte que me quitara la vida.
A lo largo de esos interminables años, fueron gritos, insultos, empujones, jalones de cabello, azotones contra la pared, cachetadas, pellizcos, patadas, dejarme encerrada, golpes en la cabeza que me provocaron un desprendimiento de retina y casi me llevaron a perder la vista… todo esto, sólo mencionando la violencia física, cuyas heridas han sanado, pero toda la violencia psicológica que ocurrió y que ha sido la más difícil de sanar. Esa violencia que casi destruye tu alma y esencia es la más complicada de entender: ¿por qué sucedió? ¿por qué lo hizo? ¿por qué lo permití? ¿por qué me destruyó si decía (y yo creía) que me amaba? ¿por qué me destruyó si era mi mundo, mi vida, mi amor…?
Continuará…

Deja un comentario