Por lo menos no me pegaba

«Que seamos semillas, aunque nos hayan querido enterrar»

-Susy Landa

Por Susy Landa

Todo lo que escuchaba alrededor mío era que a casi todas las mujeres las golpeaban…se hablaba entre una especie de secreto a voces; se sabía de empujones, moretones, patadas, golpes estando embarazadas, cachetadas, pellízcones, abusos sexuales. 

Si, todo eso se escuchaba; entre una especie de normalización en los casos más intelectuales hasta la clásica expresión de una abuela “así nos tocó a todas hay que sufrir y callar” o la voz de una mamá “así son todos los hombres” …a lo cual nosotras las hijas, las mujeres quedábamos pasmadas e impotentes con una especie de desacomodo interno y resignación impuesta.

Ese era mi parámetro de violencia, la violencia existía sólo si había golpes. 

Yo venía de una mamá  que su modo de educación eran los golpes así que ya estaba marcada, es más daba la sensación que todo el mundo podía golpearte, algún adulto podía darte desde un coscorrón hasta un pellizco; el discurso de mi madre era que lo hacía por mi bien, que eso me servía, que era para formarme pero además lo infaltable: «lo hacía porque me amaba”; vaya confusión de mensajes…a mí los golpes me aterraban, me dejaban débil, les tenía un miedo interno profundo y lo único que se me ocurrió fue hacer una negociación conmigo y con las circunstancias, estaría dispuesta a hacer todo para no recibir un golpe más en mi vida.

Me case muy joven y con la sensación que a mí no me pasaría, que yo sería diferente a cada mujer que escuchaba, en mí no existirían los golpes, que la violencia quedaba erradicada de mi cuerpo, de mi historia y de mi vivencia.

A los pocos meses de casada sentí por primera vez el enojo de mi esposo a lo cual me aterre, era una sensación de desprotección y el miedo que se activaba, tenía claro que mi función era calmarlo, aunque no entendiera la causa, aunque no hubiera diálogo lo único que yo tenía que hacer era calmarlo, complacerlo y lograr lo que me había propuesto que no habría golpes.

Pasaron muchos años con una dinámica igual, con muchas variantes que fueron cambiando y aumentando su ira, la cual siempre me hacía sentir que era mi culpa.

El control en mi vestimenta; él me hacia una especie de escáner con los ojos y yo, entendía el mensaje, así que me regresaba para ponerme algo más que él considerara adecuad. Empezó a decirme que tenía que pedirle permiso para salir, para estudiar, para ir de viaje, para mis proyectos de trabajo. 

El controlaba el dinero y determinaba en que se gastaba y por qué, anulaba mis opiniones y empezó a molestarle todo sobre mi persona, absolutamente todo le molestaba y desencadenaba en fuertes momentos de ira, palabras hirientes, control y una sensación que todo lo que sucediera en casa, en el matrimonio, en la vida laboral tenía que ver con algún aspecto que yo no había entendido, obedecido al pie de la letra, o interpretado como él deseaba.   MI función seguía siendo la de controlar que su ira no se desbordara, que no me llegara y por supuesto que no se convirtiera en golpes.  Las palabras, la desaprobación, los insultos y el control eran golpes que no se ven, que no hay forma de observarlos para darte cuenta que estas siendo violentada.  De hecho, yo creía firmemente que no era violencia.

Así que cuando alguien mencionaba o seguíamos hablando sobre violencia internamente y externamente yo decía; no,  yo no sufro violencia a mí no me golpea, lo decía con fuerza y un cierto orgullo: “ jamás me ha dado un golpe”  eso me hacía sentir diferente y al mismo tiempo me paralizaba porque algo estaba muy mal dentro mío, me estaba secando, vivía en un estado de miedo y ansiedad que por supuesto no lo relacionaba con que yo pudiera estar viviendo violencia… y nuevamente decía: a mí no me golpea

Me sentía completamente insegura, nerviosa si no cumplía con un horario establecido, aterrada con regresar a casa y saber cómo se encontraba si su enojo había aumentado, si esta vez había logrado calmarlo, aunque suene absurdo le tenía mucho miedo, la sensación de que nada de lo que hiciera era suficiente, el no saber si lo que hacía era malo o incorrecto si era bueno o necesario.  Mi violencia, días completos sin hablarle, a veces semanas aplicaba una pared de hielo infranqueable, aprendí a hacer trampas a decidir que decía y que ocultaba, a tener un enojo interno profundo sin poder manifestarlo verbalmente, pero si con miradas, gestos, silencio, menosprecio.

Claro ambos sin un solo golpe.

Transcurrieron muchos años, muchos ahora lo sé, dónde la dinámica era peor y en aumento… recuerdo que en algún momento de ira él llegó a decirme: “yo jamás te he puesto una mano encima, a todas las mujeres las golpean lo escucho por todas partes, yo jamás te he golpeado y tú lo sabes».

Era claro que él también creía lo mismo, que así lo habían formado, que era lo que estaba descrito como violencia; pero que además le permitía verse a sí mismo como un hombre no violento, diferente y quizás hasta tonto por no hacerlo. De mi parte tampoco veía o aceptaba que lo mío era violencia, de hecho, era un término que jamás lo relacionaba con mi persona, violencia eran los golpes, la violencia física.

Hoy sé que la violencia es heredada, aprendida, metida en nuestra cultura como algo normal y que claro que la construimos en nuestras relaciones desde parejas, hijos o laborales; pero que hace falta un crecimiento personal para darse cuenta de que hay mucha violencia y tiene muchos nombres, violencia psicológica, emocional, espiritual, económica, de género, violencia sexual, violencia educativa, violencia política, violencia publicitaria, violencia cultural, etc.

Mientras escribía y con la decisión firme de no sólo hablar de teorías si no de desnudar mi alma sentía mucho dolor, llore varias veces, me retire del escrito; fui consiente que el daño queda, el miedo queda, la inseguridad aún la estoy trabajando, muchos  nervios y al mismo tiempo un miedo profundo de que estaba haciendo algo que no debía, que estaba hablando algo no permitido, algo que era privado o guardado en silencio… si, la enseñanza y la cultura así nos ha formado, el daño y la violencia psicológica genera en nosotros lo oculto lo que no se ve, la falta de evidencia porque no hay un golpe, es tu palabra tu experiencia, sólo tu vivencia y todo lo que tu cuerpo ahora siente, como ansiedad, inseguridad, impotencia, rabia tragada… pero claro nada de eso puede demostrarse.

Salir de un circulo de violencia, de una relación tóxica, de algo que nos daña no el cuerpo si no el alma es uno de los momentos más difíciles de la vida.  Hoy sé que lo que puedo hacer es validarme, verme y sentirme por dentro, llamar violencia a todo aquello que me hace sentir o ver inferior, incapaz o simplemente mi cuerpo no puede tolerarlo.  Tomo distancia de todo aquello y de todos aquellos que trasgredan mi paz, la armonía de mi alma y la calidad de vida que deseo tener. 

Es posible salir de la violencia, es posible empezar un camino de realización, un camino de amor, no tienes por qué quedarte ahí… aunque no haya un sólo golpe en tu cuerpo, hay muchos en tu alma.

2 respuestas a “Por lo menos no me pegaba”

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