Por Rebeca Feria
“No busques curación a los pies de quienes te rompieron”
Rupi Kaur
Hace algunas semanas escribí mi primer blog, mostré un poco de mi historia y el motivo para el cual esta abierto este espacio.
Debo confesar que me costó mucho trabajo redactarlo, pensé en si era buena idea exponerme de esta manera, pero hoy estamos aquí (de nuevo) para continuar lo que inicie, para responder a tantas preguntas y seguir mostrando un poco de la violencia que viví, no para hacer protagonista al agresor, no para hacerme la víctima (que si lo fui), sino porque, con todas sus letras hoy puedo decir que fui una mujer violentada, humillada y abusada.
En mi entrada pasada te hablé sobre la violencia que viví en mi relación de pareja que tuve por casi once años, la cual no inicio con un golpe sino con una acción de control a la cual accedí y cedí en ese momento, el control sobre mis decisiones, mis emociones e incluso, sobre mis sueños y metas.
Te preguntarás quién tuvo tanto poder sobre mi, qué tipo de monstruo estoy describiendo o por qué fui tan ciega y tonta para no darme cuenta, o peor aún, para permitirlo tantos años.
He escuchado a muchas personas referirse de esta manera (tontas, ciegas, cobardes, etc.) a mujeres que se saben en una relación violenta y permanecen en ella, pero sabes algo, cuando estás envuelta en una relación de este tipo, tienes todas las justificaciones para no señalar a tu agresor, también confundes con amor las muestras de «proteccion” o «bondad” que da hacia ti y estas llena de vergüenza y temor que te impiden hablar o actuar.
Recuerdo muchos episodios donde fui insultada, humillada, donde también su familia se burló de mi y él lo permitió, episodios donde me comparó con otras mujeres, donde incluso me culpó por no quedar embarazada. Todos estos, violencia emocional que como se habló en otro blog dentro de este sitio, es violencia que no deja marca física, que nadie nota (aparentemente), pero que destruye y te hace mermar tanto que desapareces, dejas de llorar, deja de doler y te acostumbras o incluso, aprendes a esquivarlos.
Recuerdo bien como en cada pelea, la que terminaba pidiendo perdón era yo. Perdón por hacerlo explotar, perdón por no quedarme callada, perdón por no adivinar su estado de ánimo, perdón por no ser la mujer sabia que describe la Biblia y en la cual cuando a él le convenía, basábamos nuestra relación y aquí abro paréntesis porque será un tema del cual hablaré después <LA IGLESIA> las creencias con las cuales crecemos y algunas otras adoptamos para cumplir con las normas bien vistas, para ser aceptados y validados.
Pedía perdón para estar bien, para dejar de ignorarnos o más bien dejar de ser ignorada, para disfrutar un fin de semana, para tener una foto que mostrara cuánto amor había entre nosotros y subirla a Facebook o para que la familia no se diera cuenta de la vida que llevábamos. Pedí perdón, a pesar de los moretones, del dolor del cuero cabelludo, de las lágrimas derramadas y de las palabras que el viento no se llevaba, esas palabras que me hicieron mierda, palabras que iban desde un “eres una idiota” hasta «eres una puta” pasando por un “por eso no eres mamá, no te lo mereces” esto último cabe mencionar, que lo escuché varias veces durante un tratamiento al cual me sometí para embarazarme, pero también este será otro tema del cual te platicaré más adelante.
Quizá tú que me lees, te identificas porque viviste lo mismo o porque lo sigues viviendo.
Entiendo cómo te sientes, entiendo cómo duele físicamente en el pecho cada insulto, cada palabra. Como eres capaz de seguir con la rutina de cada día sintiendo una tristeza que no puedes quitar. Pensando que sólo es una crisis de pareja, una crisis que todo buen matrimonio, que toda buena relación, debe superar, así que prefieres callar y aguantar, porque así nos enseñaron porque así fue con nuestras abuelas o madres, ellas aguantaron. Porque este es el papel de la buena mujer, de la buena esposa, aguantar por amor o por los hijos.
Hoy que ya no estoy en esta relación, y ni remotamente cerca de esa persona, familia ni circulo social, te puedo decir que NO es normal, no es una crisis y puedes salir de ese lugar.
El verdadero amor no lastima, no humilla, no abusa, no destruye.

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