Segunda Parte

«Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior»

Frida Kahlo

Hace unas semanas compartí una entrada en este blog, brevemente mencioné el tema del acoso vinculado con el conflicto con mi cuerpo, es decir, ¿cómo es que deviene la idea de que es MI culpa “atraer” palabras hirientes, miradas lascivas y andar con miedo por la calle?    

Antes de continuar me gustaría presentarme: Me llamo Lisz, soy socióloga y tengo veintiséis años.        

Me gustaría hablar desde mi experiencia y así contar una parte de mi historia:
Como en la entrada anterior conté, fui acosada desde la pubertad.  Comencé a sentir vergüenza al salir a la calle porque creía que llamar la atención era un problema de mi vestimenta, mi forma de caminar, mi cabello, algo mío. Tenía menos de quince años y en mí ya yacía un caldo de cultivo para sentirme acomplejada.

El primer año de secundaria lo cursé en una escuela católica, ahí conocí a mi primer agresor: Julio.
Él se la pasaba mirando mi cadera, cuando yo usaba el uniforme de educación física, él tomaba partido para hacer comentarios de mi trasero, su forma, cómo se veía, qué tan grande estaba y yo no sabía cómo esconderme. Un día le dije: “me estás acosando, ya déjame en paz” él y todos sus amigos se rieron de mí y me tacharon de loca. Llegué a hablar con la directora de la secundaria, recuerdo que lo mandaron a llamar después que a mí y aun veo su sonrisa burlona mientras él caminaba de regreso al salón de clases. No pasó nada, Julio nunca fue castigado. (Pienso en todas las que hemos tenido el valor de denunciar y nos han callado).

Después de aquel incidente y de hacerme creer que quizá yo estaba exagerando, decidí hacer caso omiso a todo ello y callarme. ¿De cualquier forma para qué me volvía a exponer a las burlas si no pasaba nada, si yo aparentemente estaba exagerando?   

Para mi segundo año de secundaria había subido más de 10 kg de peso, por la tristeza, comer y dormir y refugiarme a través de lo que ingería para sentirme brevemente feliz (mi relación con la comida es algo en lo que me gustaría ahondar más adelante en otra entrada). Me cambié de escuela y viví dos años más tranquilos. 
La verdad es que durante mi adolescencia fue cuando más miedo le tuve a las personas que me molestaban al decirme cosas acerca de mi cuerpo o de tocarme sin mi permiso cuando iba caminando por la calle. Una vez en un concierto un hombre restregó su miembro en mis nalgas y me fui corriendo y llorando, en otra ocasión otro tipo me masajeó un seno mientras estaba sentado alado mío en el transporte público.


He leído varios argumentos que se basan en la idea de exculpar al agresor y enfocarse en el quehacer de la persona agredida con ideas como: ¿pero por qué no te defendiste? ¿cómo ibas vestida? ¡Ay es que esos pantalones se te ven muy pegados! Lo que pasa es que una tiene que ser discreta y no andar provocando, etc, etc, etc.

Muchas de mis compañeras de generación, otras más jóvenes, están saliendo a la calle a protestar porque este tipo de conductas cómo el acoso, no deben ser normalizadas, es decir: pensar que “aquí nos tocó vivir y ni modo”.

El acoso que vivimos las mujeres mexicanas ¿es el pan de cada día?

México es uno de los países más peligrosos para vivir siendo mujer.  En una nota publicada durante el mes de mayo del presente año en Infobae.com se afirma que: Las cifras que registra el Secretariado Ejecutivo advierten que, en el primer cuatrimestre del 2019, murieron 1,199 víctimas de la violencia machista. Es decir, cada dos horas y media en promedio, una mujer es asesinada por el hecho de ser mujer, una estadística que no disminuye a pesar de la gran movilización social. Fuente: https://bit.ly/2H9Nj1U

¿Cómo un par de “comentarios inocentes” pueden estar relacionados con matar a una mujer? Tiene que ver con la apropiación de la otra a través del lenguaje.  La consigna “no quiero tu piropo, quiero tu respeto” es un ejemplo de ello.

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