Por Rebeca Feria
“Voy a volverme como el fuego y voy a quemar tu puño de acero, y del morado de mi mejilla saldrá el valor para sanarme las heridas”
Hace unos días tuve la oportunidad de viajar por temas de trabajo a San Antonio, Texas. Fue un viaje para conocer una universidad, así como la vida estudiantil y los alrededores del campus.
¡Fue un gran viaje!
Conocer a profesionistas del medio educativo fue enriquecedor, además soy una convencida de que cuando miras otros paisajes tu alma es alimentada y cargas energía.
Uno de los días de este viaje, mientras tomaba una copa de vino y bromeaba con algunas personas del grupo con el que viajé, tuve un flashback. Un recuerdo de hace tres años, cuando visité por primera vez Estados Unidos, en un viaje similar a este para conocer escuelas de diferentes ciudades de ese país, es decir un viaje de trabajo.
En ese entonces seguía casada, tenía unos meses que había pasado lo del desprendimiento de retina que he platicado en mis entradas anteriores; te imaginarás el tiempo ya bastante complicado emocional, mental y físicamente que era para mí.
Recuerdo aquel viaje como días llenos de angustia y de confusión. Por un lado, estaba en otro país cumpliendo anhelos, enfrentándome a un idioma que no dominaba y al cual siempre le tuve terror, pero al mismo tiempo era un reto que me llenaba de orgullo y satisfacción; por otro lado, estaba un chat donde mantenía una discusión interminable con quien consideraba mi cómplice de vida y quien me presumía orgulloso de la gran profesionista que tenía como esposa. Una discusión que mostraba desconfianza, que me denigraba como persona una discusión donde por supuesto había insultos, enojo, frustración y mucho dolor.
Ahora que lo pienso, cuánta incongruencia permití en mi vida.
Cuánta farsa mantuve por años para cumplir con los estándares de la “mujer ideal”, para buscar agradar a quienes señalaban sobre mi vida qué era lo moral y cristianamente correcto.
Como esta historia, seguro conoces alguna o eres tú quien la vive. Estar en una relación donde la desconfianza reina y la violencia hace “justicia” a esta.
Una relación donde has comprado la historia de que tú eres la culpable de cada discusión, donde eres egoísta por buscar cumplir tus anhelos, una relación donde es incorrecto que estés teniendo crecimiento profesional o académico, donde está prohibido compartir tu felicidad y emoción por cada logro.
He visto varios casos de mujeres que han dejado el trabajo o estudios, para evitar más pleitos con su pareja emocional, o no aceptan un ascenso de puesto por las mismas razones. Es aquí donde al convertirse en dependiente económico de la pareja (abusador), es que éste aumenta su control y supervisión sobre la víctima.
La violencia es más que un golpe físico.


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